TDAH: no todos funcionamos igual, pero todos merecemos brillar
27 de octubre — Día Nacional del TDAH en España
Un día para hacernos visibles. Los otros 364, para aprender a comprendernos.
Cada 27 de octubre hablamos del TDAH. Las redes sociales se llenan de publicaciones, aparecen campañas de sensibilización, se comparten experiencias y, durante unas horas, parece que el mundo empieza a prestar atención a una realidad que muchas personas llevamos viviendo toda la vida.
Y me alegra. Muchísimo.
Porque durante demasiado tiempo el trastorno por déficit de atención e hiperactividad ha estado rodeado de prejuicios, etiquetas y desconocimiento.
Pero también me hago una pregunta:
¿Qué ocurre el 28 de octubre? ¿Y el resto del año?
Porque el TDAH no desaparece cuando termina el día de concienciación. Seguimos aquí. Con nuestras dificultades, nuestras emociones, nuestros despistes, nuestras ideas, nuestras capacidades y esa particular manera de vivir la vida que, en ocasiones, parece ir a una velocidad diferente a la del resto del mundo.
Y de eso quiero hablar hoy.
No es una moda. No es una excusa. No es falta de voluntad.
Tengo TDAH. Recibí mi diagnóstico en la edad adulta, después de muchos años intentando comprender por qué había cosas que para otras personas parecían sencillas y para mí podían convertirse en auténticas montañas.
Durante buena parte de mi vida aprendí a adaptarme, a esforzarme, a compensar dificultades y a exigirme más de lo que seguramente necesitaba.
Porque cuando nadie te explica cómo funciona tu cerebro, terminas pensando que el problema eres tú.
- Que eres demasiado despistada.
- Demasiado intensa.
- Demasiado habladora.
- Demasiado impulsiva.
- Demasiado emocional.
- Demasiado de todo.
Y lo curioso es que, mientras escuchas todas esas etiquetas, nadie te pregunta cuánto esfuerzo estás haciendo para llegar al mismo sitio que los demás.
El TDAH es una condición del neurodesarrollo que puede afectar a la atención, la regulación de los impulsos, la organización, la planificación y otras funciones ejecutivas. No es simplemente estar distraído ni tener demasiada energía.
Y, por supuesto, no es una elección.
Podemos querer hacer algo con todas nuestras fuerzas y, aun así, tener dificultades para comenzar. Podemos saber perfectamente lo que tenemos que hacer y no conseguir organizar los pasos. Podemos olvidar algo importante sin que eso signifique que no nos importe.
No siempre se trata de falta de interés.
A veces, se trata de un cerebro que necesita otras estrategias para funcionar.
También tenemos cosas maravillosas que aportar
Me niego a hablar del TDAH únicamente desde las dificultades.
Porque sería contar solo la mitad de la historia.
Sí, podemos ser impulsivos. Podemos hablar mucho, interrumpir sin querer, cambiar de tema a una velocidad considerable o empezar cinco proyectos mientras todavía estamos intentando terminar el primero.
Yo misma podría dar una conferencia sobre esto. Aunque probablemente me desviaría del tema tres veces y saldría con ideas para otras dos conferencias.
Pero también podemos ser personas extraordinariamente creativas, curiosas, espontáneas, imaginativas y capaces de encontrar soluciones donde otros solamente ven un problema.
La creatividad no es una característica obligatoria de todas las personas con TDAH, ni todas tenemos los mismos talentos. Sin embargo, la investigación también está empezando a prestar más atención a nuestras fortalezas, en lugar de estudiar únicamente nuestras dificultades.
Y eso me parece fundamental.
Porque una persona no debería definirse exclusivamente por aquello que le cuesta.
Hay quienes brillan creando, quienes lo hacen emprendiendo, investigando, enseñando, cuidando a los demás o encontrando caminos diferentes.
Hay personas con TDAH capaces de implicarse profundamente en aquello que les apasiona. Otras destacan por su espontaneidad, su capacidad de conectar ideas o su manera poco convencional de resolver problemas.
También existe el hiperfoco, esa atención intensa que puede aparecer cuando algo nos interesa especialmente, aunque no siempre podamos decidir cuándo llega ni hacia dónde dirigirlo.
Y no, no quiero romantizar el TDAH ni venderlo como un superpoder.
Hay días agotadores, dificultades muy reales y momentos en los que nuestra mente parece no tener botón de apagado.
Pero tampoco quiero que nadie nos reduzca a una colección de síntomas.
Somos mucho más.

La intensidad emocional también merece comprensión
Este es uno de los aspectos sobre los que más he reflexionado y trabajado.
Hay personas con TDAH que vivimos determinadas emociones con una intensidad difícil de explicar.
La frustración puede desbordarnos. Una crítica puede quedarse dando vueltas en nuestra cabeza durante horas. Un pequeño contratiempo puede convertirse en la gota que colma un vaso que llevaba todo el día llenándose.
Y, al mismo tiempo, podemos emocionarnos enormemente con una idea, una ilusión, una conversación o un proyecto.
No todas las personas con TDAH experimentan esa intensidad de la misma manera, y la desregulación emocional no es exclusiva del trastorno. Pero para muchas forma parte de su realidad cotidiana.
A menudo, lo que los demás ven es solamente la reacción.
No ven el esfuerzo anterior.
No ven todas las veces que hemos intentado contenernos, reorganizarnos, calmarnos o continuar funcionando cuando por dentro estábamos saturados.
Por eso me parece tan importante hablar del agotamiento invisible.
Porque una persona puede sonreír, trabajar, cuidar de su familia, crear proyectos y aparentar que puede con todo mientras realiza un esfuerzo enorme por mantenerse a flote.
No todo lo que cuesta se ve. Y no todo lo que se ve explica lo que está pasando.
Hay muchas mujeres que todavía están intentando entenderse
Durante años, el TDAH se ha asociado especialmente con la imagen de un niño hiperactivo que no puede quedarse quieto en clase.
Pero la realidad es muchísimo más amplia.
También está en las niñas que parecen estar siempre en las nubes. En las adolescentes que se esfuerzan hasta el agotamiento para cumplir las expectativas. En las mujeres adultas que han aprendido a disimular sus dificultades y a funcionar a base de exigencia, listas interminables y culpabilidad.
No todas las mujeres presentan el mismo perfil, pero sabemos que algunas llegan al diagnóstico después de muchos años de dificultades que habían pasado desapercibidas.
Y recibir ese diagnóstico de adulta puede remover muchas cosas.
Puede traer alivio porque, por fin, ciertas piezas empiezan a encajar.
Pero también tristeza por los años de incomprensión. Rabia por las etiquetas recibidas. Preguntas sobre lo que habría sido diferente si alguien hubiera sabido mirar más allá.
Para mí, conocer mi TDAH ha supuesto aprender a mirarme desde otro lugar.
No para justificarlo todo.
No para dejar de responsabilizarme de mis actos.
Sino para comprender mis dificultades, conocer mis fortalezas y encontrar maneras más amables y eficaces de vivir conmigo misma.
Porque comprenderse no significa rendirse.
Significa dejar de luchar a ciegas.
La inclusión no consiste en tratarnos a todos exactamente igual
Aquí es donde creo que tenemos una asignatura pendiente como sociedad.
Hablamos muchísimo de diversidad, inclusión y respeto a las diferencias. Pero todavía nos cuesta aceptar que no todas las personas pueden organizarse, aprender, trabajar, concentrarse o gestionar sus emociones siguiendo exactamente el mismo patrón.
Y eso no significa que unas sean mejores que otras.
Significa que somos diferentes.
Hay personas que necesitan instrucciones más claras, otras un entorno con menos estímulos, más flexibilidad, apoyos visuales, tiempos de descanso o herramientas específicas de organización.
En el colegio, en el trabajo, en casa o en cualquier relación personal, pequeños cambios pueden marcar una diferencia enorme.
A veces, una explicación sin reproches ayuda más que diez críticas.
Una pregunta sincera puede ser más útil que una etiqueta.
Y un poco de comprensión puede evitar años de sentir que nunca eres suficiente.
La igualdad no siempre consiste en ofrecer exactamente lo mismo a todo el mundo, sino en reconocer qué necesita cada persona para tener oportunidades reales.
No pedimos privilegios.
Pedimos comprensión, respeto y la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades sin tener que esconder constantemente nuestras dificultades.
Por qué sigo hablando del TDAH
A veces pienso en la cantidad de conversaciones que he tenido desde que empecé a compartir mi experiencia.
Personas que me han escrito porque se reconocen en algo que cuento. Adultos que empiezan a hacerse preguntas. Familias que buscan comprender mejor a sus hijos. Mujeres que han pasado décadas creyendo que eran desorganizadas, exageradas o incapaces de hacer las cosas como los demás.
Y cada conversación me recuerda por qué merece la pena seguir.
Por eso escribo. Por eso comparto mi experiencia. Por eso intento llevar este mensaje a las redes sociales, a los espacios profesionales, a las entrevistas y a cualquier lugar donde alguien esté dispuesto a escuchar.
Mi libro Going a mile a minute all day long nació también de esa necesidad de poner palabras a lo que muchas personas vivimos y no siempre sabemos explicar.
Y próximamente llegará Cerebro inquieto, alma intensa, un proyecto en el que he profundizado todavía más en la relación entre nuestra forma de pensar, sentir, reaccionar y relacionarnos con el mundo.
Porque cuanto más investigo, escribo y escucho, más convencida estoy de algo:
La visibilidad puede abrir una puerta, pero es la comprensión la que permite atravesarla.
No quiero que las personas con TDAH sean vistas únicamente desde el diagnóstico.
Quiero que se reconozca su individualidad, sus necesidades, su esfuerzo y todo aquello que pueden aportar.
Quiero que un niño no crezca pensando que es malo porque no consigue estarse quieto.
Que una niña no termine creyendo que es menos inteligente porque se distrae.
Que un adulto no tenga que vivir permanentemente avergonzado por sus dificultades.
Y que una mujer que descubre su TDAH a los cuarenta, cincuenta o sesenta años pueda empezar a comprenderse sin sentir que ha llegado demasiado tarde.
Que el 27 de octubre no sea solamente una fecha
Este año, el lema del Día Nacional del TDAH en España es «Cambiar tu actitud, cambia su futuro».
Y creo que resume perfectamente lo que necesitamos.
Porque no siempre podemos cambiar la manera en la que funciona nuestro cerebro.
Pero sí podemos cambiar la manera en la que la sociedad responde a nuestras diferencias.
Podemos sustituir el juicio por la curiosidad.
La crítica automática por una conversación.
Las etiquetas por información.
La exigencia sin límites por apoyos adecuados.
Y la incomprensión por una mirada mucho más humana.
El TDAH no define todo lo que somos, pero tampoco tenemos que esconderlo para encajar.
Podemos ser habladores, intensos, distraídos, imaginativos, sensibles, perseverantes, impulsivos o tremendamente creativos.
Podemos equivocarnos, aprender, levantarnos y volver a empezar.
Como cualquier otra persona.
Y también podemos brillar.
No a pesar de ser diferentes.
Sino siendo nosotros mismos, con nuestras capacidades, nuestras dificultades y nuestra forma particular de entender el mundo.
Ojalá llegue un día en el que no tengamos que explicar tantas veces que nuestro cerebro funciona de manera diferente.
Mientras tanto, seguiré hablando, escribiendo, compartiendo y dando visibilidad.
Porque si algo tengo claro es que el conocimiento ayuda a derribar prejuicios.
Y porque quizá, al otro lado de estas palabras, haya alguien que necesite escucharlo:
Hoy celebramos la visibilidad del TDAH.
Mañana, y los otros 364 días, sigamos practicando la comprensión.
No tienes que parecerte a los demás para tener algo valioso que ofrecer.
Arantxa García Padilla
Arantxa Avalantxa
Porque cada mente tiene su manera de brillar. Y todas merecen encontrar su lugar.
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