Sentirlo todo demasiado: aprender a gestionar mis emociones sin dejar de ser yo
Hay personas que sienten las cosas.
Y luego estoy yo, que a veces parece que las siento con un amplificador incorporado.
Una alegría puede entusiasmarme durante horas. Una idea puede hacer que me olvide de todo lo demás. Una conversación puede quedarse dando vueltas en mi cabeza mucho después de haber terminado. Y un comentario que quizá otra persona olvidaría en cinco minutos puede acompañarme durante todo el día.
Durante muchos años pensé que simplemente era demasiado intensa, demasiado impulsiva, demasiado sensible, demasiado emocional… demasiado de todo.
Hasta que empecé a comprender que quizá el problema no era sentir tanto. Quizá necesitaba aprender a relacionarme de otra manera con lo que sentía.
Cuando una emoción ocupa toda la habitación
Hay momentos en los que una emoción parece hacerse enorme.
Algo me molesta y siento la necesidad de responder inmediatamente. Algo me ilusiona y quiero ponerme con ello en ese mismo instante. Algo me preocupa y mi cabeza empieza a imaginar todas las posibilidades.
Y mientras estoy dentro de esa emoción, puede resultar difícil ver las cosas desde otra perspectiva.
Después pasa un rato, me tranquilizo, vuelvo a pensar en lo ocurrido y a veces me pregunto: «¿Era realmente para tanto?».
Pero en aquel momento lo sentía así. Y eso también forma parte de mi experiencia.
El TDAH y la regulación emocional
Cuando recibí mi diagnóstico de TDAH en la edad adulta, empecé a comprender mejor algunas de mis reacciones.
Aunque solemos relacionar el TDAH únicamente con la atención o la hiperactividad, muchas personas también experimentamos grandes dificultades para regular nuestras emociones. Esta intensidad se entrelaza con episodios de hiperfoco o con momentos de sobrecarga por tener demasiadas ideas a la vez.
Esto puede manifestarse como una frustración muy intensa ante determinados contratiempos, reaccionar de forma impulsiva o necesitar más tiempo para recuperar la calma después de una situación emocionalmente exigente.
No significa que todas las personas con TDAH sean especialmente sensibles ni que cualquier reacción emocional provenga del trastorno. Pero comprender que la regulación emocional formaba parte de mi funcionamiento me ayudó a observarme desde otro lugar. Y, sobre todo, a dejar de confundir lo que sentía con lo que tenía que hacer.
Sentir algo no significa tener que actuar inmediatamente
Este ha sido uno de mis aprendizajes más importantes. Puedo estar enfadada, puedo sentirme herida, puedo tener miedo o puedo estar entusiasmada, y no necesito convertir cada emoción en una decisión inmediata.
Porque una cosa es lo que siento y otra lo que decido hacer con ello.
Antes, cuando algo me molestaba, sentía una necesidad enorme de responder en ese mismo momento. Ahora intento darme un pequeño margen. No siempre lo consigo, pero cuando logro parar —aunque sea unos minutos—, muchas veces descubro que puedo expresar exactamente lo mismo de otra manera. Y eso lo cambia todo.
No quiero dejar de ser intensa
Esta parte me parece fundamental.
Cuando hablamos de aprender a regular nuestras emociones, a veces parece que el objetivo fuera convertirnos en personas que nunca se enfadan, nunca se frustran y siempre reaccionan con una serenidad admirable.
Pues mira, no. Yo no quiero dejar de emocionarme. No quiero perder la capacidad de entusiasmarme con un proyecto, ni dejar de sentir profundamente lo que me importa, ni convertirme en una versión de mí misma que jamás se altera.
Lo que quiero es aprender a reconocer cuándo una emoción necesita ser escuchada y cuándo necesito darme un poco de tiempo antes de actuar.
No quiero sentir menos. Quiero aprender a vivir mejor con lo que siento.
Las pequeñas cosas que me ayudan a gestionar mis emociones
No tengo todas las respuestas, pero sí he ido incorporando algunas herramientas prácticas para responder de manera más consciente:
1. Ponerle nombre a lo que siento
A veces digo que estoy enfadada cuando, en realidad, estoy cansada, frustrada, decepcionada o preocupada. Intentar identificar qué estoy sintiendo me ayuda a comprender mejor qué necesito.
2. Darme tiempo antes de responder
Especialmente cuando estoy muy alterada. Si una conversación me afecta, intento no responder inmediatamente: camino, respiro, escribo lo que pienso sin enviárselo a nadie o simplemente dejo pasar un rato. No es ignorar lo que siento, sino darme la oportunidad de elegir cómo expresarlo.
3. Observar qué ocurre en mi cuerpo
La tensión, la respiración acelerada, el cansancio o la urgencia de huir son señales corporales. El mindfulness me ha ayudado a prestar atención a esas señales para decidir qué necesito hacer después.
4. No tomar todas mis emociones como verdades absolutas
Cuando una emoción es muy intensa, puede parecer que todo lo que pienso en ese instante es completamente cierto. Pero sentir que algo va a salir mal no significa que vaya a ocurrir. Estoy aprendiendo a distinguir entre lo que siento, lo que pienso y lo que realmente sé.
5. Reparar cuando me equivoco
A veces sigo reaccionando de una manera que después no me gusta. Comprender mi impulsividad no justifica dañar a otros. Cuando ocurre, intento reconocerlo, pedir disculpas, escuchar y pensar cómo actuar mejor la próxima vez sin castigarme eternamente.
Aprender a regularme no significa dejar de ser yo
Cuando empecé a escribir mis reflexiones, una de las cosas que quería transmitir era precisamente que comprenderte abre la posibilidad de cambiar la relación contigo misma: no para justificarlo todo, sino para vivir de forma más consciente.
Todo el día a mil por hora
Un espacio para entender el origen de la intensidad emocional y reconciliarte con tu forma de sentir.
Planner Anticaos
Propone observar lo que te desborda, probar herramientas de regulación emocional y descubrir cuáles te sirven.
Una pregunta para ti:
La próxima vez que una emoción llegue con toda su fuerza, prueba a preguntarte:
«¿Qué estoy sintiendo realmente y qué necesito hacer con esto?»
A veces necesitarás expresarlo, otras descansar, poner un límite, pedir ayuda o simplemente darte tiempo. No siempre podremos elegir lo que sentimos, pero podemos ampliar las posibilidades de elegir cómo respondemos. Para mí, eso es libertad: aprender a acompañarme mientras siento.
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