Mi cabeza tiene demasiadas ideas: cómo convivo con una creatividad que no se apaga
Tengo un problema.
Bueno, no sé si llamarlo problema. A veces es un regalo. Otras veces es agotador. Y otras veces aparece una idea nueva justo cuando estoy intentando terminar las siete anteriores.
Mi cabeza genera ideas constantemente: ideas para escribir, ideas para crear, ideas para mejorar algo, para un vídeo, para un libro, para una actividad, para un proyecto… para algo que probablemente no necesito empezar precisamente hoy.
Y lo peor es que, cuando aparece una idea que me entusiasma, durante unos minutos parece absolutamente imprescindible.
Mi cerebro no piensa: «Qué buena idea. La apuntaremos para otro momento». No. Mi cerebro piensa: «ESTO ES. DEJA TODO. TENEMOS UN NUEVO PROYECTO.»
Y reconozco que algunas de las cosas más bonitas que he creado han empezado exactamente así. Pero también he aprendido algo: tener una buena idea no significa que tenga que convertirla inmediatamente en un proyecto.
Durante mucho tiempo intenté hacerlas todas
Creo que una de las cosas que más me ha costado aprender es que elegir una idea implica dejar otras esperando. Y a mí me gustan mis ideas. Ese es precisamente el problema.
Cuando algo me entusiasma, enseguida puedo imaginar todo lo que podría llegar a ser: veo posibilidades, conexiones, formas de desarrollarlo. Y antes de darme cuenta ya he avanzado mentalmente quince pasos en algo que hace diez minutos ni siquiera existía.
La creatividad puede ser maravillosa. Pero cuando todas las ideas parecen urgentes, también puede convertirse en ruido. Porque no solo tengo las cosas que debo hacer: también tengo todas las cosas que quiero hacer. Y algunas veces esa lista pesa incluso más.
Tener muchas ideas no significa tener tiempo para todas
Esta frase parece tremendamente obvia, pero a mí me ha costado bastante asumirla.
Puedo tener diez ideas maravillosas y seguir teniendo veinticuatro horas al día. Una injusticia, sinceramente. Pero es lo que hay.
Así que he tenido que aprender a separar dos cosas: tener una idea y decidir hacerla ahora. No son lo mismo.
Antes, una idea nueva podía convertirse automáticamente en una nueva obligación. Ahora intento preguntarme:
- ¿Tengo tiempo para esto?
- ¿Me sigue interesando dentro de unos días?
- ¿Encaja con lo que estoy construyendo?
- ¿Tengo que hacerlo yo?
- ¿Tiene sentido ahora?
- ¿O simplemente me ha dado ese subidón maravilloso que produce imaginar algo nuevo?
Porque hay ideas que merecen convertirse en proyectos y hay otras que simplemente merecen una página en una libreta.
He aprendido a tener un aparcamiento de ideas
Esta es una de las cosas que más tranquilidad me da. Cuando aparece una idea no necesito desarrollarla inmediatamente para no perderla: la aparco, la escribo, le pongo cuatro notas si las necesito y sigo con lo que estaba haciendo.
Si dentro de una semana continúa pareciéndome fantástica, vuelvo a ella. Si dentro de un mes la leo y pienso: «Arantxa, ¿qué demonios pretendías hacer con esto?», también hemos ganado algo: tiempo.
Porque no todas las ideas necesitan convertirse en una deuda pendiente conmigo misma. Esta frase me la repito bastante: No quiero que todas mis ideas se conviertan en una obligación.
Mi creatividad también me ha dado algunas de mis mayores alegrías
Tampoco quiero hablar de tener una cabeza creativa como si fuera algo que hubiera que corregir. Todo lo contrario. Muchas cosas importantes de mi vida han nacido de una idea que apareció cuando aparentemente no tocaba.
Escribir, por ejemplo. Durante años había cosas dentro de mí que necesitaba colocar en algún sitio: experiencias, preguntas y situaciones que después de mi diagnóstico de TDAH empecé a mirar de otra manera.
De ahí nació mi libro Todo el día a mil por hora. Escribirlo me permitió ordenar muchas partes de mi historia y convertir algo muy personal en algo que pudiera acompañar a otras personas.
Pero entonces ocurrió algo muy propio de mí. Terminé un proyecto y mi cabeza dijo: «Muy bien. ¿Y ahora qué hacemos?».
De entenderme a crear herramientas
Después del libro apareció otra necesidad. Había contado muchas cosas, pero quería llevar todo aquello a la práctica. No quería otro manual lleno de cosas que «debería» hacer, sino experimentar, probar y observar.
De ahí nació Planner Anticaos. El libro me ayudaba a explicar y el planner me permitía probar.
Y entonces pensé que quizá esa era una buena forma de entender mi creatividad: una idea lleva a otra, pero ahora intento que exista un hilo entre ellas. Ya no quiero crear por crear: quiero construir.
Y entonces apareció la ficción
Y aquí ha ocurrido algo que no esperaba. Después de escribir sobre mi propia experiencia, apareció una necesidad diferente: inventar, crear personajes, entrar en otras cabezas e imaginar qué puede llevar a una persona a comportarse de determinada manera.
Y así empezó a tomar forma mi primera novela: No hace falta que te caiga bien.
Escribir ficción me está llevando a un lugar completamente distinto. Porque cuando escribes sobre tu propia vida puedes decir: «Yo lo viví así»; pero cuando creas un personaje tienes que intentar comprender cómo podría vivirlo alguien que no eres tú. Y eso me está fascinando.
La creatividad también necesita límites
Nunca pensé que escribiría esta frase. Yo, defendiendo límites para las ideas. Pero sí, los necesito. Porque poner límites a mi creatividad no significa apagarla: significa darle espacio para que alguna de esas ideas llegue realmente hasta el final.
Estoy aprendiendo a preguntarme: ¿Qué proyecto necesita mi atención ahora? No cuál me entusiasma más durante los próximos quince minutos, sino cuál quiero construir, cuál merece tiempo y cuál tiene sentido dentro de lo que quiero hacer.
No quiero una cabeza con menos ideas
No quiero dejar de ser esa persona que se entusiasma, que imagina cosas y que conecta puntos. No quiero apagar esa parte de mí: quiero aprender a dirigirla.
Porque quizá organizar mi creatividad no consiste en conseguir tener menos ideas, sino en elegir cuáles merecen convertirse en realidad y aceptar que las demás pueden esperar.
Hoy tengo libros escritos, un planner, una novela creciendo y probablemente demasiadas notas en el móvil. Algunas no llegarán a ninguna parte y otras todavía no sé dónde me van a llevar. Y está bien. Porque estoy aprendiendo que no tengo que hacerlo todo. Solo necesito decidir: ¿Cuál es la idea que quiero cuidar ahora?
Todo el día a mil por hora
Para comprender esa mente que no se detiene y aprender a hablarte con amabilidad.
Planner Anticaos
Para llevar ese autoconocimiento a tu vida diaria y adaptar las herramientas a lo que necesitas.
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