Dificultad para empezar tareas con TDAH en adultos
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Por qué cuesta empezar tareas con TDAH: no siempre es pereza

No siempre es pereza ni falta de ganas. A veces sabes perfectamente lo que tienes que hacer, incluso quieres hacerlo, pero hay algo entre pensarlo y empezar que parece enorme.

Tengo una habilidad bastante curiosa: puedo hacer en veinte minutos algo que llevo tres días evitando.

Y lo peor no es no hacerlo.

Lo peor es que, mientras no lo hago, tampoco descanso.

La tarea sigue ahí. En algún rinconcito de mi cabeza. Mientras desayuno, mientras trabajo, mientras estoy haciendo otra cosa…

«Tengo que hacerlo.»
«Luego lo hago.»
«Que no se me olvide.»
«Venga, ahora.»

Y nada.

Durante mucho tiempo pensé que esto era simplemente procrastinar. Que me faltaba organización, disciplina o fuerza de voluntad.

Y entonces llegó una de las cosas que más me ha ayudado desde que descubrí mi TDAH: empezar a preguntarme qué hay detrás de las cosas que hago, en lugar de limitarme a juzgarme por hacerlas.

Sé lo que tengo que hacer. Entonces, ¿por qué no empiezo?

Esta es probablemente una de las contradicciones que más frustración me ha generado.

Porque no estamos hablando de no saber qué hacer. Lo sé perfectamente.

Puede ser responder un correo, pedir una cita, guardar la ropa, hacer una llamada, empezar un documento o rellenar un formulario que probablemente me lleve diez minutos.

Mi parte racional sabe que cuanto antes lo haga, antes me lo quitaré de encima. Pero saberlo no significa necesariamente que mi cerebro consiga ponerse en marcha.

En el TDAH pueden existir dificultades relacionadas con las llamadas funciones ejecutivas, un conjunto de procesos que utilizamos para organizar, priorizar, regular nuestra atención, gestionar el tiempo y pasar de la intención a la acción.

Y descubrir esto para mí fue importante. No porque quisiera encontrar una excusa para no hacer las cosas, sino porque difícilmente puedes buscar estrategias para algo que interpretas únicamente como un defecto personal.

La tarea no desaparece cuando la pospongo

Esta es la parte que me parece especialmente agotadora.

No estoy haciendo la tarea, pero mentalmente sigo cargando con ella. Es como tener veinte pestañas abiertas en el ordenador y no saber exactamente de cuál está saliendo la música, igual que cuando mi cabeza no deja de pensar al acostarme.

Cada cosa pendiente ocupa un pequeño espacio:

  • Tengo que llamar.
  • Tengo que contestar.
  • Tengo que comprar eso.
  • Tengo que terminar aquello.
  • Tengo que acordarme de…

Y cuando se acumulan demasiadas, llega un momento en el que hasta decidir por dónde empezar se convierte en otra tarea.

Entonces aparece la culpa:

«Otra vez igual.»
«¿Por qué no puedo hacer las cosas cuando toca?»
«Si no cuesta nada.»

Esta última me encanta. Porque algo puede ser sencillo y, aun así, costarnos muchísimo empezar.

He dejado de preguntarme «¿por qué soy así?» Ahora intento hacerme otra pregunta: ¿Qué puedo hacer para que empezar me resulte más fácil?

Parece un cambio pequeño, pero para mí lo cambia todo. Porque una pregunta me juzga; la otra busca una solución.

Y he descubierto que, muchas veces, no necesito más fuerza de voluntad. Necesito reducir la fricción entre pensar una cosa y empezar a hacerla.

Las pequeñas estrategias que a mí me ayudan

No tengo una fórmula mágica. Si la encontrara, probablemente escribiría otro libro. Pero sí he ido descubriendo pequeños trucos que me ayudan:

1. Hacer el primer paso casi ridículo

Si pienso «tengo que ordenar toda la habitación», mi cerebro ya empieza a negociar. Si pienso «voy a recoger solamente lo que hay encima de la silla», es diferente. Muchas veces lo difícil no es continuar: es arrancar.

2. La regla de los cinco minutos

Me digo que solo voy a hacerlo durante cinco minutos. Cinco. No tengo que terminarlo, solo empezar. Curiosamente, muchas veces continúo. Y si no continúo, al menos ya he hecho cinco minutos más que cuando llevaba dos horas pensando en hacerlo.

3. Sacar las tareas de mi cabeza

Confiar en que «me voy a acordar» no siempre ha resultado ser una estrategia brillante. Ahora intento escribir las cosas. Pero también he aprendido que una lista interminable puede agobiarme todavía más. Por eso prefiero preguntarme: ¿Cuáles son las tres cosas que realmente necesito hacer hoy? Tres. El resto puede esperar.

4. Preparar el terreno

Si quiero hacer algo mañana, intento dejar parte preparada hoy. La ropa, el documento abierto, los materiales encima de la mesa, la bolsa preparada. Cada decisión que elimino facilita un poquito el comienzo.

5. Celebrar que lo he hecho en lugar de reprocharme cuánto he tardado

Esta todavía la estoy aprendiendo. Porque tengo tendencia a terminar algo y pensar: «Pues tampoco era para tanto. Podrías haberlo hecho hace tres días.» Ahora intento cambiarlo por: «Ya está hecho.» Punto. No necesito castigarme después de cada pequeña victoria.

Entenderme no significa justificarlo todo

Para mí, comprender mi TDAH nunca ha significado decir: «Soy así y no puedo hacer nada.» Todo lo contrario.

Comprender qué me ocurre me permite responsabilizarme de una forma mucho más útil:

  • Si sé que determinadas tareas me cuestan, puedo buscar herramientas.
  • Si sé que olvido cosas, puedo crear recordatorios.
  • Si sé que me bloqueo ante listas enormes, puedo reducirlas.
  • Si sé que necesito cierta urgencia para arrancar, puedo crear pequeños límites de tiempo.

Conocer cómo funciono me permite trabajar conmigo en lugar de pasarme la vida luchando contra mí. Y probablemente ese sea uno de los aprendizajes más importantes de estos últimos años.

De ahí nació también Todo el día a mil por hora

Cuando empecé a escribir Todo el día a mil por hora, no quería hacer un manual para explicar cómo debería vivir nadie. Quería poner palabras a muchas de esas situaciones pequeñas que durante años me hicieron preguntarme qué demonios me pasaba.

La impulsividad. La saturación. Las emociones intensas. La cabeza que no para. La frustración. El agotamiento invisible. Y también esa sensación tan extraña de saber perfectamente lo que tienes que hacer y, aun así, no conseguir empezar.

Porque cuando entiendes qué puede haber detrás de algunas de tus conductas, no desaparecen mágicamente. Pero cambia algo muy importante: la manera en la que te hablas mientras aprendes a manejarlas. Y eso, al menos para mí, ya ha sido un cambio enorme.

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Una pregunta para hoy

Si ahora mismo tienes algo pendiente que llevas horas —o días— evitando, no pienses en terminarlo. Pregúntate solamente:

¿Cuál es el paso más pequeño que puedo hacer ahora mismo para empezar?

  • Abrir el correo.
  • Sacar el documento.
  • Escribir la primera frase.
  • Guardar una sola cosa.
  • Hacer la llamada.

Cinco minutos. A veces no necesitamos tener ganas de recorrer todo el camino. Solo necesitamos conseguir poner un pie delante del otro.

¿Te has sentido identificado/a con esto?

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